Las clasificaciones se ven más desvirtuadas por las suspensiones por doping que por el mismo uso de estas prácticas. El año pasado se descalificó a Floyd Landis, tras haber hecho una exhibición de dimensiones sobrehumanas (como se demostró) y el beneficiado era Oscar Pereiro, otro corredor bajo sospecha en el marco de la Operación Puerto, lo que provocó que la justicia moral del Tour se mostrara reacia a concederle el triunfo al gallego. Tras la confesión de el bloque casi al completo de Telekom de los años 90 (diez años después), se pretendía eliminar a Bjarne Rijs de cualquier clasificación, cuando el segundo clasificado en el Tour que ganó era un jovencísimo Jan Ulrich, otro talentoso corredor desahuciado por cualquier equipo por su conexión con Eufemiano Fuentes. Estos y otros corredores que pasan ahora por tramposos, derrotaron a la mayoría de sus rivales en igualdad de condiciones, por lo que para mí son legítimos campeones. En la práctica se castiga a unos corredores con penas casi capitales y se deja impune a otros, sin que un observador neutral aprecie que la diferencia de sus actitudes merezca unos tratamientos tan dispares. Más bien parece que todos los corredores se medican mejor o peor y que el azar guía esta caza de brujas en el que la distancia entre el cielo y el subsuelo en una línea demasiado estrecha. Entonces un corredor da positivo y todo son caras largas. "Te tocó, macho".
Por otra parte, es mucho más deseable una medicación controlada por un buen expecialista, que realizada de forma descontrolada y amateur, como sucedió en el caso del malogrado Simpson. En la época dorada del ciclismo, los métodos de detección brillaban por su ausencia, lo que no significa que no existiese el doping. El caso más evidente fue el de Tom Simpson, probablemente el mejor corredor británico de la historia, falleció en 1967 a los 30 años, en el ascenso al Mont Ventoux, cuando iba escapado detrás de Julio Jiménez. Durante los días anteriores había sufrido problemas estomacales y su fallecimiento se considera que fue debido a una mezcla de alcohol, medicamentos, estimulantes (anfetaminas) y el calor reinante en la montaña, superior a los 40ºC. Esto es una hipótesis, ya que los resultados de su autopsia casualmente no trascendieron. Sus mayores triunfos durante su carrera fueron la Milán San Remo, la París-Niza y el Campeonato del Mundo.
El Tour de 1988 fue el verdadero comienzo de la lucha contra el doping, con la realización de controles eficientes. En ese Tour fue sancionado con una penalización de tiempo (finalizó 11º; una sanción de proporciones ridículas en comparación con el castigo mínimo de dos años actual) el melenudo escalador holandés del PDM Gert-Jan Theunisse, que fue “cazado” en dos ocasiones más posteriormente durante su carrera. En ese Tour estuvo a punto de ser sancionado Perico Delgado, a la postre vencedor, que dio positivo por probenecid, una sustancia enmascaradora. Pero la influencia y los esfuerzos del presidente de la UCI, el español Luis Puig, fue decisiva para que esta situación fuese sobreseída por motivos burocráticos, una situación que actualmente sería impensable.

En esa misma época se puso de moda la EPO, una hormona indetectable en aquel momento y que aumentaba el porcentaje de globulos rojos en sangre, pero que por negligencias médicas provocó una lista de fallecimientos prematuros por paro cardiaco en ciclistas centroeuropeos muy jóvenes, la mayoría de ellos amateurs, siendo Bert Oosterbosch (ganador de etapa de Vuelta a España) y Johanes Draaijer los más conocidos. El excesivo caudal sanguíneo les provocaba trombos y desequilibrios circulatorios. Una situación que pasó casi inadvertida en España, a pesar de artículos como el que se adjunta, de Josu Garai en Marca, hasta que en el Tour de 1991, el primero de Miguel Indurain, el PDM abandonó en bloque al sufrir todos sus corredores fiebre y taquicardia. Entre esos corredores estaba Sean Kelly, actual comentarista de Eurosport, y Erik Breukink, un corredor de aspiraciones máximas en ese momento y director de Rabobank en la actualidad.

El doctor Michelle Ferrari, gurú de la medicación deportiva, se hizo muy popular rápidamente. Su máxima era que "no existía el doping si no era detectado" (esto en un paso más allá del "todo lo que no está prohibido, está permitido"), como es legal copiar en un examen si el profesor no se percata. Su habilidad para conseguir este fin, la misma que para esquivar la persecución de la fiscalía italiana, le hizo acreedor de una cartera de clientes muy selecta. Entre otros pasaron por sus manos el flamente recordman de la hora Francesco Moser, Miguel Indurain (aunque solo en sus inicios, posteriormente fue cliente del doctor Conconi), Eugeny Berzin, Gianni Bugno, Pavel Tonkov, Tony Romiger, Abraham Olano, Marco Pantani, Iván Gotti y Lance Amstrong, entre otros. Particularmente su relación con el americano era tan estrecha que incluso le aconsejaba durante las etapas, vía teléfono móvil (!!). Sin embargo, el italiano parece haber ir perdiendo tino en los últimos años, ya que varios de sus últimos pupilos han sido “cazados”: el kazajo Vinokourov, campeón olímpico, dio positivo en este Tour tras detectársele una transfusión sanguínea proveniente de un tercero; Rassmussen se vio obligado a eludir dos controles “por sorpresa” lo que provocó su exclusión de un Tour que tenía ganado, pero en el que nunca debió de haber participado; y al ya mencionado Floyd Landis se le detectó testosterona el pasado año después de lucir el maillot amarillo en los Campos Elíseos.
La medicación generalizada, que trajo como consecuencia la disminución de los errores y los desfallecimientos, condujo a que ganase el más fuerte reiteradamente durante varios años: primero Indurain y luego Amstrong. Por lo que la mayor rivalidad deportiva en el ciclismo contemporáneo probablemente fue la de Ferrari con su alterego español Eufemiano Fuentes. El médico canario empezó a rivalizar con el italiano, especializándose en las autotransfusiones. Por sus manos pasaron otras figuras de primer nivel como Ulrich, Ivan Basso, Beloki, Mancebo, Roberto Heras, Nozal, Óscar Sevilla y Ángel Casero, nombres que han quedado marcados para el ciclismo por su relación con la Operación Puerto y que en la actualidad están apartados de la competición o reducidos en equipos que sólo participan en competiciones de segundo nivel, fuera del UCI Pro Tour. También se asocia a Fuentes con Pereiro y Valverde, al haberse encontrado bolsas de sangre identificadas con el nombre de sus perros, lo que sin ser algo concluyente no deja de ser hasta cierto punto incriminatorio, pese a lo cual ellos sí han conseguido proseguir con normalidad la práctica deportiva.
















